
Sostenibilidad, economía circular, solidaridad vecinal y explotación de recursos propios. Estos son tan solo algunos de los valores relacionados con las huertas comunitarias, que están llenando distintos rincones de Colombia en los últimos años.
Impulsados por gobiernos locales, así como por las propias comunidades de habitantes, estos espacios de cultivo son mucho más que un espacio en el que llenar las despensas de manera más económica para las familias con recursos reducidos.
Las huertas comunitarias son espacios verdaderamente destinados a enriquecer el tejido social y a fortalecer las microeconomías domésticas de Colombia. El hecho de aprender a cultivar tierras no es lo único que los participantes descubren en estas aulas abiertas.
Respeto por la naturaleza, aprovechamiento de los distintos alimentos, sostenibilidad y desarrollo social se dan la mano en estos pequeños trozos de tierra baldía que se han ido reconvirtiendo en vergeles de frutas y verduras gracias al impulso público, privado y colectivo.
La construcción de las huertas comunitarias: aprovechar el entorno
La construcción de huertas comunitarias no supone grandes retos para los gobiernos locales. En muchas ocasiones se han convertido en la mejor opción para el aprovechamiento de suelos de titularidad pública que no pueden tener otra función y acaban convertidos en descampados sin ningún tipo de uso.
Apenas basta con desarrollar el plan y cimentar el espacio para que la comunidad pueda distribuir las parcelas para comenzar los cultivos para el beneficio de las familias.
En general, el uso es compartido y los huertos suelen funcionar con una dinámica basada en la idea de comunidad, en la que la cosecha se comparte al igual que los trabajos relativos al cuidado y mantenimiento de la tierra, desbroce, riego, etc.
Este es precisamente el gran valor de las huertas comunitarias: están diseñadas con una dinámica colaborativa en la que lo que más importa son los lazos que se generan entre los distintos participantes.
La comunidad no solo obtiene alimentos y un espacio verde cerca de sus casas, sino que estrecha lazos, se presta ayuda, genera momentos de sociabilización… lo que sin duda beneficia a niños y mayores, a familias y a personas que viven solas.
Mejoras inmediatas en la economía y en la nutrición
No es posible hacer una valoración sobre el impacto de las huertas comunitarias en el país americano sin hacer referencia a cómo estos espacios afectan positivamente tanto a la economía como a la nutrición de las familias participantes.
Es un hecho que la autoproducción contribuye de inmediato a la reducción del gasto en el supermercado. Las familias pueden llenar sus despensas de frutas y verduras cultivadas por ellos o por sus vecinos, lo cual protege a los hogares vulnerables, especialmente en barrios más humildes o en episodios de inflación.
A esto se suma la segunda gran ventaja: la mejora nutricional. Al disponer de una despensa de productos frescos, especialmente verdura y frutas, los vecinos comienzan a variar su dieta, a reducir el consumo de productos elaborados y a minimizar la ingesta de grasas, sales y azúcares.
Todo ello hace que los participantes en la creación y mantenimiento de estas huertas comunitarias experimenten muchas mejoras a nivel sanitario, económico y social, lo que explica que estos espacios de cultivo no dejen de crecer en ciudades y pueblos de toda Colombia.




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