
Una investigación reveló que las internas realizan transmisiones para adultos ante la mafia de precios del penal. En los patios, una bolsa de leche cuesta $50.000 y una cama alcanza los $2 millones.
¿Por qué hay mujeres trabajando como modelos webcam dentro de la cárcel El Buen Pastor? Una investigación del programa Testigo Directo reveló la existencia de al menos tres estudios webcam clandestinos operando en el interior de la cárcel de mujeres El Buen Pastor, en Bogotá. Las reclusas se ven obligadas a vender contenido para adultos como método de supervivencia para costear productos de primera necesidad, ya que las mafias carcelarias imponen precios exorbitantes, como $50.000 por una bolsa de leche o $30.000 por un atún. El dinero recaudado también se destina a mantener a las familias que dejaron tras perder la libertad.
El desespero tiene un precio detrás de los altos muros de concreto. Imagina no contar con un solo rollo de papel higiénico durante semanas, esperar casi 100 días por un kit de aseo estatal y descubrir que, en el mercado negro de los patios, un jabón o una caja de atún valen más que el jornal diario de un trabajador promedio. Acorraladas por el hambre, el hacinamiento y el abandono familiar, un grupo de reclusas en la capital del país encontró una salida tan lucrativa como desgarradora: vender su intimidad a través de una pantalla.
Lo que empezó como un rumor de pasillo fue confirmado por la reciente investigación del programa periodístico Testigo Directo. La denuncia es escalofriante: en las entrañas del centro penitenciario se han acondicionado al menos tres puntos diferentes que funcionan como estudios clandestinos de creación de contenido para adultos. Allí, las internas se turnan diariamente para ofrecer servicios de modelaje webcam, burlando los supuestos controles de seguridad del Estado.
Cámaras encendidas por un plato de comida
A diferencia de las mafias tradicionales que buscan enriquecerse, el motor de estas mujeres es la supervivencia pura y dura. El trueque o los servicios sexuales virtuales se han convertido en la única moneda de cambio frente a una economía subterránea que no da tregua. Sin visitas dominicales ni encomiendas de sus seres queridos, exhibirse en internet es la única forma de conseguir el dinero necesario para llevarse algo a la boca o enviar algo de sustento a los hijos que las esperan afuera.
«A mí me toca trabajar y no tengo para la encomienda. Entonces voy, muestro mi cuerpo y me pagan. Es triste y desagradable que a veces no tengamos ni un rollo de papel higiénico», confesó una de las internas bajo reserva, visibilizando la extrema vulnerabilidad que impera en los pabellones.
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«A todo le ponen precio»: La mafia carcelaria
El modelaje webcam es solo la punta del iceberg de una gigantesca falla estructural del sistema penitenciario colombiano. Germán Ricaurte, exdirector de prisiones, desnudó los oscuros detalles de la red de extorsión que gobierna las celdas, donde el derecho más básico se convierte en el negocio de unos pocos.
Según las denuncias aportadas por Ricaurte, los cobros ilícitos alcanzan cifras astronómicas. Conseguir una cama para no dormir en el suelo helado puede costar hasta dos millones de pesos. Si una reclusa desea un «trato especial» o comodidades adicionales, la tarifa mafiosa asciende a cinco millones.
La corrupción carcelaria lo permea absolutamente todo. Desde ingresar un documento legal, hasta participar en un partido de fútbol en el patio, tiene un «peaje» establecido. Incluso la asignación de puestos de trabajo en los restaurantes del penal —vitales para redimir la pena y buscar la libertad anticipada— estaría mediada por gruesas bonificaciones económicas.
Mientras el Estado intenta recuperar el control de sus prisiones, en El Buen Pastor la jornada transcurre entre la extorsión y el abandono, dejando a decenas de mujeres frente a una cámara web como único salvavidas para no perder la vida, aunque en el proceso deban entregar su dignidad.




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